Margarita, Armando y su padre, y 30 segundos de amor
Por Salvador Savarese
En la Ciudad de Buenos Aires, durante el caluroso enero de 2026 se realizó una nueva edición de Más Allá del Olvido, más comúnmente llamada MADO: una muestra de películas recuperadas ‒y varias restauradas‒ que trae al presente mucho material audiovisual pasado. Ya desde su nombre este acontecimiento se describe a sí mismo: Más allá del olvido (Hugo del Carril, 1956) es una obra maestra del cine argentino ‒un melodrama necrófilo que narra la historia de un hombre que trata de presentificar a su esposa ya fallecida en el cuerpo de otra mujer‒. En una divertida paradoja, se podría decir que el concepto que rige a MADO es el opuesto: tratar de traer del pasado a las películas restaurando lo más posible los materiales originales.
Una película antigua ‒no contemporánea‒ no solo es una fuente de placer por su calidad como tal, sino por ser un documento del pasado. El objeto que documenta puede variar: puede mostrar los escenarios naturales como eran años atrás; puede sorprender con la reactualización de temáticas que se pensaban aún no abordadas por una cinematografía determinada; puede ser un registro del estado de la industria del cine en momentos pretéritos e incluso puede ser un reflejo de las audiencias de la época ‒de sus aspiraciones, de sus sueños, de sus horizontes culturales‒. Fueron tantos y tan diversos los materiales proyectados en la semana que duró la muestra que se pudieron apreciar los más diversos ejemplos de estos testimonios.
Pero, para que una película antigua pueda hacerse presente, es decir hablar de igual a igual con las películas contemporáneas y hablar de igual a igual con los espectadores actuales, es imprescindible que no hayan elementos externos a la narración misma que desvíen la atención: los defectos de imagen por innumerables pasadas por el proyector, los saltos por fotogramas faltantes debido a numerosos empalmes y despalmes en las salas de proyección, el sonido defectuoso por el deterioro mismo de la pista sonora impresa en el celuloide, indefectiblemente provocan en el espectador un distanciamiento condescendiente, irónico o paternalista. Cómo tomar en serio una película sí, más que antigua, es vieja.
Esta circunstancia, desgraciadamente, es crítica en países como Argentina, donde no existe un organismo público que conserve, restaure y proyecte el patrimonio audiovisual nacional ‒es decir, no existe una cinemateca nacional‒. Mucho se critica que las películas argentinas no se ven y mucho menos se escuchan pero lo real es que son las copias existentes las que no se ven y mucho menos se escuchan. Se trata, entonces, de recuperar lo más posible la experiencia de imagen y sonido que tuvieron los espectadores cuando vieron las películas en sus proyecciones originales.
Como prueba del triste estado de conservación de las películas nacionales, dos de los largometrajes proyectados en fílmico en la muestra no tenían copias en 35 mm existentes en el país ‒apenas había pocas copias en 16 mm‒ y estas fueron encontradas en Uruguay gracias a la conservación, en el país vecino, de unos positivos que se hicieron a partir los negativos originales para un revival de grandes éxitos de una compañía productora en los años sesenta. La productora se llamaba Lumiton y las películas eran Margarita, Armando y su padre (Francisco Mugica, 1939) y 30 segundos de amor (Luis Mottura, 1947). Se notaba que casi 30 años más tarde las películas seguían siendo relevantes para el público de la época.
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Margarita, Armando y su padre |
En este caso, la proyección de estas dos películas en la muestra conformó un testimonio de cómo que el cine argentino clásico trabajosa pero sostenidamente se fue perfeccionando en el manejo del género de la comedia del estilo que se hacía en ese momento en Hollywood.
Nos referimos a esa comedia llamada en español "comedia sofisticada" y que estaba basada en el protagonismo fuerte de la mujer imposiblemente hermosa, la seducción entre los sexos disfrazada de lucha, la velocidad, picardía y doble sentido de los diálogos, la ambientación generalmente en ambientes acomodados y los vertiginosos desplazamientos de los personajes. Son ejemplos canónicos películas como Bringing Up Baby (Howard Hawks, 1938) o The Philadelphia Story (1940) de George Cukor. A fines de esa década ‒la de los treinta‒ el estudio argentino Lumiton se sintió con la fuerza económica y de recursos suficientes como para intentar copiar ese estilo en Argentina y se puso en campaña.
El primer esfuerzo fue Margarita, Armando y su padre en la que la tragedia de Marguerite Gautier, la Dama de las Camelias, se replica en forma de una comedia muy cínica y desencantada en la protagonista una vez que consigue casarse con su amado Armando deja de amarlo por el desgaste matrimonial. El estudio lo dio todo: contrató al dramaturgo Enrique Jardiel Poncela para que viajara desde su España natal en plena guerra civil y adaptara su obra teatral, construyó decorados que aún hoy impresionan (cine argentino reproduciendo la plaza de un hotel de Montecarlo ‒ver para creer‒) y contrató a grandes estrellas de la época como Mecha Ortiz y Florencio Parravicini. Pero además sorprende el hecho que hubiera un público tan habituado no solo a la versión cinematográfica de La dama de las camelias interpretada por Greta Garbo, Camille (George Cukor, 1937), cuyo suceso de seguro debió haber inspirado a la película argentina, sino al texto original de Alejandro Dumas de manera tal que no fuera necesario explicarle la trama de los mismos: se daban por sobreentendidos.
No fue un primer intento solo del estudio. Fue la primera película del director Francisco Mugica que como bien se destaca en el catálogo de la muestra hizo lo posible por darle un tratamiento cinematográfico a un asunto eminentemente teatral. y una de las primeras tanto de Pablo Tabernero como de Ricardo Conord ‒de los mejores directores de fotografía y escenógrafos del cine argentino‒. Los tres enseguida realizaron posteriormente cosas más acabadas pero aun así la base de esta película es solidísima y es un índice del nivel del cine nacional de la época en todos sus aspectos.
Ese perfeccionamiento fue evidente con la otra película, 30 segundos de amor, realizada casi una década después. Mirtha Legrand interpreta a la hija rebeldona de un matrimonio de clase media alta que está comprometida con su primo y que por un accidente conoce a otra persona que se revela como su verdadero amor. Esta premisa, que podría dar para una para un melodrama trágico con aristas realmente perversas (tanto la familia de la novia como del novio son parientes, conviven en una casona y conforman una especie de coro griego que aprisiona a la protagonista) es trabajado como una comedia sofisticadísima donde todos los elementos están donde tiene que estar: el ritmo ‒algo crítico en una comedia‒ es frenético, los diálogos son ingeniosos y están llenos de doble sentido, los personajes secundarios son uno más delirante que el otro (transformar una familia en principio agobiante en una sucesión de lunáticos divertidisimos es todo un hallazgo), la escenografía de Ricardo Conord es funcional dramáticamente y sofisticada a la vez (es maravillosa esa casona familiar de varios pisos) y el origen teatral de la obra ‒una obra de teatro del autor italiano Aldo de Benedetti‒ en este caso se ve bien oculto por la planificación cinematográfica.
Quizás lo más interesante de todo, ya viendo con la distancia de las décadas transcurridas, es que es muy probable que más allá de la presencia de las estrellas, esta comedia no tuviera mayor pretensión que la de hacer reír. Allí están, al mismo momento que ésta, las películas de Carlos Schlieper como Cuando besa a mi marido y El retrato ‒también con Legrand‒ que además de las situaciones cómicas presentaban análisis de mujeres y sociedades que desbordaban el género. Que una película ligera, divertida y profesional como 30 segundos de amor conforme esa “clase media” de las películas nacionales que se podían encontrar en una semana promedio de estrenos de la época es también, a su manera, un documento de la fortaleza del cine argentino clásico.



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