Te seguimos buscando
Por Pablo Gamba
Te seguimos buscando (Estados Unidos-Venezuela, 2025) es el sexto corto de un cineasta de la diáspora venezolana que sigue siendo menos conocido de lo que merece, Diego Andrés Murillo. Se estrenó en el Festival de Cortometrajes de Beijing, donde también han estado sus otras dos piezas más destacadas, Tal vez el infierno sea blanco (Estados Unidos-Venezuela, 2022) y Malestar transatlántico (Venezuela-Suiza, 2023), que tuvo su estreno en Locarno.
Una razón por la que puede llamar la atención Te seguimos buscando es que pareciera haber sido hecha a propósito de la situación actual en Venezuela. Es como si fuera una respuesta a la intervención estadounidense que bombardeó y secuestró ‒“extrajo” es la palabra oficial‒ a Nicolás Maduro, quien se reeligió como presidente sin la publicación de los resultados detallados de las elecciones de 2024. El recuento de votos, hecho por la oposición con escrutinios oficiales de las máquinas de votación, validables electrónicamente y publicados en Internet, da ganador por amplio margen a su candidato.
Te seguimos buscando es un film de archivo que se basa principalmente en un documental de propaganda del gobierno estadounidense sobre la visita de John F. Kennedy y su esposa a Venezuela y Colombia en 1961, en el lanzamiento de la Alianza para el Progreso. Fue un programa de cooperación para el desarrollo de América Latina con el que respondió a la Revolución Cubana.
Hay una parte, al final, en la que habla el presidente de los Estados Unidos, con un montaje alternado de trabajadores del pueblo que alzan la vista con esperanza al escucharlo, pero cuya banda sonora el cineasta intervino con el ruido de aviones de guerra. Es una recuperación de la retórica del Tercer Cine guerrillero que parece a la vez pertinente, pero también irónica. Este en un film sobre la desesperación de quienes, como Murillo, han perdido a su patria y no pueden sentir nostalgia sino por ruinas, pero por causa de una revolución como las que el Tercer Cine defendía y seguramente hoy también lo haría.
En el contexto de las cinematografías de la diáspora, la obra de Diego Andrés Murillo se ha destacado por su interés en la experiencia del tiempo y el espacio de quienes viven en el extranjero, aunque en constante comunicación con sus familiares en su país de origen y las noticias que llegan de allí, por una parte. Pero también se caracteriza por expresar su malestar como migrante, como ocurre igualmente con otro venezolano, Luis Arnías, y en el largometraje A media voz (Cuba-España-Francia-Suiza, 2019), de Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández, por ejemplo. Murillo hace cine no como un buen extranjero esperanzado, trabajador, manso y discreto, agradecido con los que lo acogen en su país, sino para manifestar su descontento sin refrenarse por la reacción que cause, y que puede incluir el miedo al sospechoso de terrorismo.
En Te seguimos buscando, sobre la rabia de los dos filmes anteriores domina la tristeza por el abismo que se profundiza en el país natal que se dejó atrás. La esperanza del retorno, sin embargo, se mantiene viva entre muchos migrantes que, como él, no logran asimilarse ni integrarse en donde viven, por la creencia de que en cualquier momento todo puede cambiar en Venezuela. Es el tipo característico de esperanza que nace de la mas honda desesperación.
Es frente a la niebla de Venezuela que cobra todo su valor la lúcida sensibilidad de Te seguimos buscando. El título viene de un poema que Reinaldo Arenas compuso cuando era disidente en Cuba, antes de salir al exilio, “Introducción al símbolo de la fe”. Otra ironía ‒esta irreverente‒ es conjugar la voz de Arenas con la retórica audiovisual del Tercer Cine, lo que en el film se revela como una combinación justa, aunque pueda parecer políticamente una herejía.
La frase completa del poeta es “te seguimos buscando, patria”, y la película construye, en torno a la esperanza explícita de recuperarla ‒la fe de Arenas, que refiere a la de un poema venezolano de José Ignacio Calderón citado en Tal vez el infierno sea blanco‒. Se construye, así, una tensión poética extrema con el dolor ante el abismo que la acompaña desgarradoramente en esta pieza.
Esta tensión la percibimos formalmente en el sonido como resultado de una distorsión grotesca de la voz que es lugar común del cine de terror. Interfiere la belleza del texto que lee añadiéndole otro deterioro a la patria evocada. Hay una tos en contrapunto con la voz entre los pocos datos que permiten seguir una débil línea narrativa de visita a un asilo de ancianos, en el que podríamos entender que hallamos la patria. Lo que se encuentra allí es el cuerpo hermoso de una mujer joven ‒lugar común alegórico que podríamos atribuir a la escultura patriótica, por ejemplo, puesto en tensión invirtiendo los roles: la internada agonizante sería ella y el visitante el de voz monstruosa, decrépita.
Lo que sigue es la lectura del texto de Arenas, alternada con la banda sonora del documental. Se asocia así la épica del progreso que predica la propaganda de la “cooperación” estadounidense con la Cuba revolucionaria del campo de trabajos forzosos en que el poeta busca otro país.
La contradicción política llega así a un punto de crisis en el que puede hacerse reveladora de la situación sin salida de Venezuela para el que quiera entender. La retórica del Tercer Cine, en todo caso, está allí para ayudarlo, con el contraste entre la bella pieza musical de Andrés Levell, Éxtasis de Humboldt en el Amazonas, la voz monstruosa y los sonidos de guerra. También la superposición espectral de las llamas y el humo ‒regreso del motivo del infierno que es constante en los filmes de Diego Andrés Murillo‒, y otras intervenciones de la propaganda estadounidense, como la cámara lenta, la reversa y el virado a negativo.
Si la fuerza de todo esto se sostiene sobre esquematismos debilitados por el anacronismo de la referencia fílmica, la ironía vuelve a entrar en juego para revitalizarlos. La voz reconoce en lo que parece Tercer Cine errores de montaje ‒lo que a su vez refiere al cine imperfecto de la misma época‒. La retórica de contrastes se transforma en puro ruido audiovisual que acompaña el estertor final. Resuelve las tensiones formales, pero no la desesperación.
El narrador monstruoso invita a “dejarse llevar” por esa imagen de nada. La búsqueda de la patria llega así a un punto en que solo podría estar más allá del archivo y del poema que la busca sin hallarla. El ruido final pide la imagen que falta en todo lo que vimos de su realidad documentada por la propaganda, en todo lo que escuchamos del dolor. Pero quizás también un retorno al caos bíblico previo a la creación o a las fuentes del arroyo cristalino de los primeros planos. Quizás la bella patria joven que parece que muere aún no existe.
El título no cierra la esperanza. La mantiene abierta en la desesperación, como en otras películas de Murillo. Allí está, entonces, su trascendencia más allá de las circunstancias de Venezuela y su migración de las que surge este cine. Quizás esta angustia sea algo que necesitamos recuperar urgentemente hoy, traerla de vuelta con el poder que tuvo en el existencialismo de un pasado anterior al Tercer Cine, para conjurar la mórbida apatía que aún paraliza a muchos frente al deterioro general de sus países. La ira de los migrantes quizás ayude a despertar una rabia que hace falta, oscura como el poema, cristalina como las aguas de las que parece brotar esta película.


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