Última vez hace mucho tiempo
Por Pablo Gamba
Última vez hace mucho tiempo (Venezuela, 2026) se estrenó en la sección de cortos y mediometrajes del Festival de Rotterdam. Es una tesis de la Escuela Nacional de Cine venezolana y la tercera película de esta extensión de Santiago Martín, realizador también de La eternidad oculta de Benjamín Martín Baute (Venezuela, 2021) y Mixtape del exilio (Venezuela, 2023).
Martín trabaja en este film el tema de la migración desde el otro lado, el de los que se quedan en el país sintiendo la ausencia de los que se fueron. Entre los realizadores que lo han tratado en películas recientes está Samuel Suffren, en la trilogía que integran Agwe (Haití, 2021) y dos cortos sobre los que hemos escrito en Los Experimentos, Des rêves en bateaux papiers (Haití, 2024) y Coeur bleu (Haití-Francia, 2025), que estrenaron respectivamente en el Festival de Sundance y en la Quincena de los Cineastas de Cannes. El más reciente ganó hace poco la competencia internacional del Festival de Cortometrajes de Clermont-Ferrand.
A diferencia del realismo mágico y los sueños de Suffren, Martín toma el camino del minimalismo y el cine de flujo contemporáneos. A Santiago, el cineasta de la ficción ‒reconocible alter ego del real‒, se lo ve al frente de un rodaje que no se desarrolla en la historia. Recorre sin rumbo barrios de clase media deteriorados, de calles por las que apenas transitan unas pocas personas y autos ‒pinceladas con las que hace sentir la decadencia y el abatimiento de la antes vibrante Caracas‒. Hay una dispersión que hace borroso el hilo de la historia en correlación con una experiencia del tiempo marcada por la reiteración del recuerdo o los sueños con Carmela, la novia que emigró. Puntúan la deriva secuencias de imagen detenida que dan un ritmo al relato, fotos acompañadas de voces en over que requieren comentario aparte.
La deriva es formal y material, además. Última vez hace mucho tiempo se presenta como una característica película de las que llaman “híbridas”, por lo que respecta a sus deslizamientos de la ficción al documental y al making of, lo que refiere lejanamente a Los rubios (2003), de Albertina Carri. Se transmuta, asimismo, entre fotos e imágenes digitales, en blanco y negro y en color, y diversos usos del color; entre texturas y resoluciones cambiantes del sonido, principalmente, pero también de la imagen, y en el trabajo del papel fotográfico y su deterioro como una metáfora reconocible de la memoria.
Análogamente a como ocurre en la película de Albertina Carri con el documental testimonial, la parte que parece making of de Última vez hace mucho tiempo problematiza el tratamiento del tema de la migración. Hay una emblemática abuela que dice que ama a Venezuela y muestra el que dice que es el pasaporte español con el que llegó de las Canarias a ese otro país. Pero el desencuadre enrarece esa escena y hay otra en la que la ponen a hacer de isleña, cantando una vieja canción y sosteniendo una radiocassette de antaño.
Pero la revisión más importante del cine sobre la migración está en la construcción del espacio y el tiempo de los que se quedan. Se desestabiliza al protagonista y otros personajes en sus espacios íntimos y su ciudad encuadrándolos en planos de una apertura excesiva. Hace sentir un vacío a su alrededor correlativo a la atmósfera en torno a la pérdida. Hay angulaciones extrañas, de falsos puntos de vista, que dan la impresión de que los observan fantasmas. También composiciones que se valen de elementos de la puesta en escena, la textura y el foco para darles lo que el Santiago de la historia llama una “imagen fantasmal”. En una conversación refiere explícitamente esta sensación a su novia, que en una visita le pareció un personaje que estaba y no estaba frente a él, como si hubiese perdido parte de su realidad al migrar.
A esto se añade el juego con los defectos en la grabación del sonido directo. Desacopla de los cuerpos las voces, dándoles una sensación de movimiento que no está en la imagen, de que se hunden hasta lo ininteligible en tonos graves y emergen de nuevo con claridad sin hallar pie en la materia sonora inestable. La percepción de las fallas en la escucha socava la sincronización imagen-sonido, la conexión sensorial de tiempo y espacio, y la impresión de realidad también, en consecuencia. Es una audiovisión fantasmal, que refiere al tópico de los fenómenos paranormales que afectan las ondas de radio.
Los tonos y timbres variables crean capas de sonido en la mezcla. Son claves para la desestabilización del tiempo en las secuencias de fotos, algunas de ellas tomadas con defectos intencionales que impiden ver bien al personaje de Carmela. El pasado al que refieren los instantes congelados en las fotos entra así en tensión con la expectativa por distinguir la cara, que llama en la imagen al futuro, al momento de la revelación.
La aparición posterior de un plano del rostro de Carmela en video en color, y la creciente nitidez y cercanía de las imágenes de ella, transmiten una impresión de intensificación progresiva. Una conversación sobre una futura casa para los dos añade un elemento desestabilizador más al tiempo, porque corresponde al pasado de la nostalgia de Carmela, pero se abre allí un futuro posible para la pareja. Hay una esperanza de disipar los fantasmas y alcanzar una nueva, nítida realidad, que cobra cuerpo en esa conversación, aunque irónicamente es del pasado y se ve a los personajes en uno de los planos distantes. Resistir esa ironía es algo que sostiene la esperanza.
La experiencia de Última vez hace mucho tiempo se revela así análoga, en cierto modo lejano, a la de Hamaca paraguaya (Paraguay, 2003), de Paz Encina. Lo digo por el tiempo de la esperanza enrarecida de los melancólicos, allí, y del nostálgico, acá, y el hacer partícipe al espectador o espectadora con la desestabilización de la relación entre las voces y los cuerpos, en ambos casos.
Esta búsqueda de profundizar en la experiencia del tiempo, hasta el plano ontológico inclusive, distingue a esta pequeña película en el contexto del cine actual sobre la migración. Trata de ir más hacia lo hondo que el tópico de las llamadas telefónicas y los mensajes de voz del país natal, en torno al cual se ha venido construyendo la vivencia del tiempo y el espacio de los migrantes en filmes de Luis Alejandro Yero, Luis Arnías y Diego Andrés Murillo comentados aquí, aunque sin la expresión de malestar e ira por la que sobresalen los dos últimos. Algo análogo podría decirse de Última vez hace mucho tiempo respecto a las imágenes oníricas y el realismo mágico de la trilogía de Suffren, así como también del uso de la voz grabada en Des rêves en bateaux papiers. Lo que no encontramos en Martín es el interés del haitiano por la realidad de la pobreza.
Sorprendente, sobre todo, es que un cineasta de Venezuela aparezca con un corto que lo ubica entre los que siguen explorando los caminos del cine de flujo. También la producción artesanal hecha entre amigos, con el apoyo de una institución académica, que abre la posibilidad de la experimentación. Marca un deslinde tanto con la tradición del cine de aspiraciones industriales de ese país como con las pocas películas venezolanas de mayor escala que han logrado insertarse en el circuito de arte internacional. Última vez hace mucho tiempo llama así, además, a prestar atención a un nuevo cine nacional que podría estar naciendo entre las ruinas de Venezuela.



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