Hangar Rojo
Por Pablo Gamba
En la nueva sección Perspectives de óperas primas del Festival de Berlín se estrenó Hangar Rojo (Chile-Argentina-Italia, 2026). Es el primer largometraje de ficción del director, Juan Pablo Sallato, que había codirigido antes un documental, Ojos rojos (2010), y ha dirigido varias miniseries de televisión.
En Hangar Rojo el cine chileno vuelve al golpe militar que derrocó al gobierno democrático de Salvador Allende y la Unidad Popular el 11 de septiembre de 1973, y estableció la dictadura de Augusto Pinochet. Es un tema que tempranamente trataron el largometraje de ficción Llueve sobre santiago (Francia, 1975), de Helvio Soto, hecho en el exilio con el estilo característico del cine político espectacular de los setenta, y sobre todo en la segunda parte de la monumental La batalla de Chile (Chile-Cuba, 1976), de Patricio Guzmán, que sigue siendo uno de los mejores documentales de análisis político en la historia del cine.
Otra película que se hizo después, desde la misma perspectiva del gobierno derrocado, es Allende en su laberinto (Chile-Venezuela, 2014), de Miguel Littin, que fue un retroceso en todos los sentidos. Antes, Pablo Larraín buscó un ángulo distinto en Post mortem (Chile-México-Alemania, 2010), el del asistente de un patólogo que tiene que lidiar con los cadáveres de las víctimas. Ese film se estrenó en el Festival de Venecia. Muchas otras películas han tratado el golpe, como Missing (Estados Unidos, 1982), de Costa-Gavras.
Una característica distintiva de Hangar Rojo es que relata una historia de lo que pasó en el golpe cuyo protagonista es un personaje histórico de las Fuerzas Armadas. Se trata de uno de los oficiales llamados “legalistas”, Jorge Silva.
Silva, prestigioso capitán de la Fuerza Aérea de Chile por su habilidad como paracaidista ‒pero también conocido por su paso por la Escuela de las Américas estadounidense en Panamá, donde se formó en contrainteligencia‒, fue uno de los militares arrestados, torturados, sometidos a consejo de guerra y encarcelados por su resistencia al golpe, en general, y en su caso particular por haber desobedecido las órdenes de ejecutar a cuatro prisioneros políticos.
El mismo oficial había sido figura clave en la desarticulación de un intento de asesinar a Salvador Allende en 1970. Fue una conspiración militar en la que trataron de involucrarlo y tuvo que encontrar el modo de informar directamente al Presidente porque todo su entorno parecía comprometido.
Un oficial “legalista” se halla en una situación contradictoria. Una conspiración o un golpe de Estado son actos de guerra en los que sus mandos le ordenan participar contra el Gobierno legalmente establecido, al que tiene el deber de proteger de sus enemigos de acuerdo con la ley y con la pura lógica militar. Estes es el eje de la construcción del personaje de Silva, y la motivación principal que encuentro para el uso de fotografía en blanco y negro.
Hay una escena en la que el capitán reacciona con desdén hacia los oficiales leales al Presidente que lo llaman por teléfono, recordándoles su indecisión para liquidar al enemigo interno en las Fuerzas Armadas después del intento de atentado que ponía en evidencia al golpismo. Ilustra la relación entre el “legalismo” y la razón militar en la manera de pensar y actuar de Silva.
El golpe transforma el espacio de la base, sobre el cual vemos al comienzo ejercer su control al capitán, cuando le explica a un sargento novato recién llegado la rutina diaria de formación de los cadetes de la Escuela de Aviación. A partir del momento en que Silva se entera de que la operación ha comenzado y los leales a Allende lo instan a tomar posición, de los planos que reflejan su dominio de la situación pasamos a la inestabilidad de travellings de seguimiento con desenfoque de los fondos. Es una apropiación del estilo de El hijo de Saúl (Hungría-Francia, 2015), la película de László Nemes ambientada en el campo de concentración de Auschwitz que ganó el Gran Premio del Jurado en Cannes y el Oscar en el renglón de lengua extranjera.
La obviedad de esta referencia ‒y la del blanco y negro también a La lista de Schindler, de Steven Spielberg (1993)‒ es un modo hábilmente cinematográfico de calificar moralmente el golpe contra Allende. La analogía con los nazis en el tratamiento de los prisioneros está aún mejor lograda secuencia más destacada de la película, la de la entrega de un grupo en el Estadio Nacional, donde se instaló el mayor campo de concentración.
La dimensión psicológica del conflicto moral de Silva tiene expresión en la actitud con la que sigue la disciplina militar en el cumplimiento de las órdenes y su contraste con el sueño o recuerdo en el que parece volar en su salto más célebre, de un avión a gran altura al Estadio Nacional. También en el paracaidista volador que cuelga del retrovisor de su auto y, sobre todo, en su matrimonio con una profesora universitaria de historia. Es notable el trabajo de Nicolás Zárate para construir un enigma en torno a la dualidad del capitán, así como su relación con el sargento Hernández (Aron Hernández). La confrontación con este personaje en proceso de integración a la vida militar es esencial para que el espectador o espectadora se identifique con el sargento y permanezca a la expectativa en torno a la conducta del misterioso capitán.
Todo esto es muy clásico, y la historia real en la que se basa la película hace que inevitablemente llegue el momento de descubrir al verdadero Silva, en una transformación sorpresiva que se extiende a la relación con Hernández. Es también la lógica del llamado personaje “olla de presión”, que en algún momento tiene que estallar y el espectador o espectadora lo espera. Es notable, sin embargo, que la historia, aunque inesperadamente revela a Silva como el soldado que también puede ser en acción, acota la dimensión de su heroísmo.
Destaca, en cambio, otra habilidad, oscura, por la que el capitán era conocido, adquirida en paso por la siniestra Escuela de las Américas: la de interrogador.
Más allá del hábil planteamiento y resolución del conflicto moral, la otra gran virtud de Hangar Rojo es la representación de una diversidad militar en un país donde la dictadura desprestigió a unas Fuerzas Armadas que eran célebres por su “institucionalismo” ‒aunque fuera más mito que realidad‒. Tal como el capitán Silva es uno de los soldados que hicieron resistencia al golpe de Estado y sus consecuencias desde el interior de la institución, en otros personajes encontramos una amplia gama de actitudes con base en diferencias personales, desde los altos oficiales anticomunistas y el cabo represor psicópata, hasta los celosos del encumbramiento ajeno y los pusilánimes.
Esta virtud, sin embrago, es también la principal debilidad de la película, porque escamotea las razones políticas del golpe. El conflicto entre la obediencia a los mandos militares y la lealtad al gobierno legítimo tiene el aspecto de una contradicción en el seno del Estado, pero no entre clases sociales que se enfrentan por el poder estatal, como ocurría en la vía democrática por la cual se proponía llegar al socialismo la Unidad Popular. Desde su perspectiva, Hangar Rojo no puede ver lo que sí La batalla de Chile.
Por otra parte, si bien el enfoque moral dominante concierne a la libertad y la responsabilidad individuales, es la política la que crea las opciones colectivas entre las que podemos y debemos elegir frente al Estado. Participar en ella conforma y expande el horizonte de nuestra libertad, aunque Silva la desdeñe desde la elevada altura de su pensamiento estratégico de paracaidista militar.



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