Todo era mamá

 

Por Pablo Gamba 

Todo era mamá (Argentina, 2025) fue parte de Lima Docs. El cortometraje del Colectivo Ríos de Abajo, dirigido por Lucila Podestá, se estrenó en el FICUNAM, en México, en la sección Aciertos de películas de escuelas de cine. Podestá cursó el Programa de Cine de la Universidad Torcuato di Tella. 

Esta película es el resultado de un trabajo en el barrio Madres a la Lucha de la periferia de Río Gallegos, en la Provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Austral Argentina. Es la ciudad más al sur de la parte continental del país y también una de las más ventosas del mundo, con corrientes de aire que regularmente alcanzan los 50 kph y frecuentes ráfagas que llegan a 100 kph. 

El barrio se formó cerca del vertedero de basura local como consecuencia de otras duras condiciones, sociales: la imposibilidad de pagar los alquileres. Se fundó con una toma de tierras en 2007 y se ha mantenido desde entonces como consecuencia de la resistencia popular y las estrategias que le son inherentes, como la conexiones eléctricas “ilegales”, engañar a la policía y la gendarmería para trasladar materiales de construcción, y la instalación de ollas y merenderos populares para afrontar otro problema, el de la alimentación. 

Todo era mamá se confronta con la invisibilización y las representaciones audiovisuales habituales de estas expresiones de la lucha de tantas familias que no tienen dónde vivir. Cuando los medios de comunicación no la ignoran, enfocan la invasión como problema y hacen de los operativos de desalojo un espectáculo aleccionador para el pueblo. Pero del otro lado también tenemos problemas: los de una tradición militante cuyo poder se agota en una repetición que traduce todas las luchas a los mismos lugares comunes épicos de la propaganda de los partidos y organizaciones que aspiran a conducirlas. 

El título se desprende de una decisión al respecto: la de enfocarse en mujeres y niños, aquellos a los que hay que subir primero a los botes salvavidas en cualquier emergencia, natural o social, según el sentido común, pero que en la realidad de la lucha de clases son otro frente de batalla, donde resiste la vida. 

Otra toma de posición la encontramos en el modo como se registraron las voces de diversas mujeres del barrio. Frente a la técnica odontológica, que consiste en hacer que la gente del pueblo abra la boca para extraer una verdad dolorosa, pero útil para un argumento planeado con anticipación, hallamos en Todo era mamá un giro hacia un proceso más cuidadoso y profundo de acercamiento a la comunidad. Cristaliza en grabaciones que difieren de los testimonios habituales tanto en contenido como en forma. No son gritos dirigidos contra un poder que no escucha. No denuncian hechos, relatan historias de vida como si conversaran con el espectador o la espectadora. 


El cortometraje se hizo a partir de fotos tomadas con una cámara de rollo y reveladas artesanalmente. El resultado es defectuoso, con relación a los parámetros técnicos, pero también en un sentido forense. No constituyen un registro que pueda desempeñar las funciones de prueba, que sirva para defender, ante el público y las instituciones, el derecho del barrio a existir. 

Las fotos operan aquí de otro modo, sensorial. Trabajadas electrónicamente para explorar en ellas la visibilidad del grano y la variación del color, pueden captar rápidamente la atención por el aspecto enrarecido que las distingue. Difieren de los tópicos del paisajismo pictórico y fotográfico también, en tanto se presentan como materia mutante, maleable y dotada de tiempo. Son imágenes de las que se apropia un trabajo, como de la tierra, y que se transforman según los ritmos de un espacio y la vida que se construye allí. 

En los ruidos también encontramos un enrarecimiento. Es el resultado el sonido de una mezcla antinaturalista de registros hechos allí y en otros lugares, que conjuga pájaros con corrientes de agua y lluvia, por ejemplo, pero también choques metálicos que evocan los terribles efectos del viento sobre viviendas precarias y el fuego de los accidentes eléctricos que se producen frecuentemente, cuando se depende de conexiones irregulares al servicio. 

Reverberan los cortocircuitos en el sonido y en el titilar de las imágenes; sabemos de sus estragos, pero no vemos los espectaculares incendios. Escuchamos los pasos sobre la tierra, pero no los bombos ni las ollas que suenan las que caminan, ni la marcha, ni los choques ni el asedio policial. Nada tiene lugar en el marco de un relato épico de conquistas sino como maneras de hacerse sentir la pura fuerza de una vida que es fluir y luchar. 

Frente a las imágenes que nos apabullan y nos aturden, o que para movilizarnos nos hipnotizan con la repetición ritual de los mismos gestos, Todo era mamá se presenta como una afinación de los sentidos en busca de otra percepción de realidades como esta. Los cambios del color responden también de una manera hermosamente justa a la analogía con el proceso de afinar un instrumento. A lo que las imágenes hegemónicas fijan como realidad inamovible, la única que hay y puede haber por siempre, se confronta aquí la variación pausada pero constante, una experiencia de continuo cambio, de que lo real siempre se está transformando, que no tiene que ser eternamente igual, como interesa que se crea para que se desista de la esperanza y de la lucha. 

La claridad en esta película es como la de los sueños vívidos. Una de las fotos, en un terreno brilla nítidamente un enorme árbol de Navidad iluminado. Una estrella roja lo corona. A pesar de la distancia, se ve el cable al que está conectado como a los que proveen de luz en los barrios populares. Es una imagen clara que abre poéticamente otro tiempo en la historia, el de un futuro en el que todo podría ser diferente, así como las lentas disolvencias, las voces pausadas de las madres y los ruidos de la naturaleza construyen un tiempo de la vida que se resiste a una muerte segura en la intemperie social y natural. 


Cuando las mujeres aparecen en las fotos, lo hacen en primeros planos que dan rostros a las voces, las identifican, les dan cuerpo a las historias que nos han contado y seguimos escuchando. Pero aunque vemos así a las que participan, no hallamos fotos de la asamblea, y cabe preguntarse por qué. Puede ser porque en Todo era mamá se considera el problema que plantea un gran documental político argentino reciente, Río turbio (Argentina, 2020), de Tatiana Mazú González, por lo que respecta a la conformación de los sujetos colectivos. Una asamblea solo puede ser parte de una lucha si ha sido el punto de llegada de un proceso de juntarse para luchar, que es lo más difícil hoy. El cruce del umbral de la dimensión individual ilusoria que le da el sentido común a la vida a su única realidad posible, colectiva, el de entrada en la política, es el desafío crucial en los tiempos de desmovilización que vivimos. Por tanto, una asamblea solo puede ser fantasiosamente un punto de partida. 

Por lo mismo, tampoco vemos nunca el barrio, ni siquiera el merendero. Se pudo buscar fotos de eso, pero no fue la opción. Lo que se trata de percibir aquí es la fuerza que hace posible esas cosas, la posibilidad de esa fuerza, sobre todo. No se trata de representar triunfos como logros capitalizables políticamente. La destrucción del merendero por un incendio es un ejemplo. Demuestra la precariedad inherente a los logros en tales circunstancias, pero también que su realidad es la lucha que lo construyó y lo volverá a levantar. 

Pienso que lo mismo es válido como respuesta a los que critican películas como Todo era mamá con el argumento de que son para festivales de minorías exquisitas, como el FICUNAM o Lima Docs. Que no tienen público estos cortos puede ser cierto en buena medida. No lo encuentran en un sentido análogo al de las películas llamadas “de arte”, pero es porque los espectadores de los que esos filmes no pueden considerarse la premisa de un cine dirigido a ellos salvo en un sentido comercial. Un cine diferente necesita otros espacios, que probablemente no existen pero se pueden formar con el encuentro, llevando la película, acompañándola para disfrutarla y debatirla, hablando del arte, la política y la vida con la gente. Es un cine que se puede construir con una fuerza como la que hace y mantiene en pie barrios como Madres a la Lucha.

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