Cuba y la noche
Por Pablo Gamba
Cuba y la noche (Cuba-Colombia-España, 2026) ganó el Premio Tim Hetherington de Sheffield Docs, que se otorga a películas que defienden los derechos humanos. Es la ópera prima de Sergio Fernández Borrás, sonidista de filmes de cineastas cubanos de la diáspora sobre las que hemos escrito en este blog: Cuatro hoyos (Cuba-Francia, 2023), de Daniela Muñoz Barroso, y La historia se escribe de noche (Cuba-Francia, 2024), de Alejandro Alonso.
Se trata de un documental de montaje sobre el Movimiento San Isidro, cuya figura más prominente es Luis Manuel Otero Alcántara. Reúne y rescata material disperso, videos transmitidos en vivo con celulares por integrantes ese grupo de artistas independientes, activistas de oposición en Cuba.
Incluye, ademásm fragmentos del noticiero de la televisión cubana. Es una confrontación entre la retórica del régimen y el que Fernando Pérez, el más prestigiosos de los cineastas hoy en Cuba, llamó “un nuevo lenguaje político”. También vemos la imagen oficial horizontal fija en HD frente a los frágiles registros verticales de los teléfonos, frecuentemente pixelados o inestables por el movimiento de quienes graban.
El director ha señalado como referencia Silvered Water, Syria Self-Portrait (Agua plateada, autorretrato de Siria, 2015), de Wiam Bedixran y Ossama Mohammed, hecha con material de activistas en la ciudad de Homs, sitiada por la dictadura de Bachar al-Ásad.
La veo también como un relevo de los clásicos documentales políticos Conducta impropia (Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, 1984), Nadie escuchaba (Néstor Almendros y Jorge Ulla, 1987) y 8A (Jiménez Leal, 1993) que, por ser obras de exiliados, suelen excluirse de la historia del cine cubano. Con estas películas comparte, en particular, su posición crítica progresista.
Una medida impostergable por el atraso de las comunicaciones y su insostenibilidad política hizo posibles los videos que integran Cuba y la noche. Fue la apertura en 2018 de la red 3G de telefonía celular. Una ciudadanía estrictamente vigilada por la seguridad del Estado, la policía y los Comités de Defensa de la Revolución, grupos vecinales que ejercen tareas parapoliciales, se encontró de pronto en sus manos con un arma comunicacional que le permitía expresarse e informar sobre su situación a todo el país y el extranjero.
Esta apertura, sin embargo, coincidió con una medida fuertemente represiva de la libertad de expresión y de creación que el gobierno de Miguel Díaz Canel tomó a sus inicios: el decreto 349, que estableció la censura previa de todas las actividades culturales. Regresaban así a Cuba tiempos oscuros como los del Quinquenio Gris (1971-1975), cuando se desató una intensa persecución contra los artistas y disidentes de la moral oficial, como los homosexuales.
El Movimiento San Isidro se formó en respuesta al decreto, que sigue vigente en Cuba. Hay una característica que distingue a sus integrantes de otros artistas opositores y es la condición humilde de algunos. Lo demuestra la casa-taller-museo de Otero Alcántara que se convirtió en su sede, ubicada en la Habana Vieja, en particular detalles como la puerta de madera mil veces rota y reparada o la cisterna de donde tienen que sacar con baldes el agua para el consumo cotidiano. También las calles y viviendas deterioradas que la rodean.
La singularidad de Luis Manuel Otero Alcántara como artista autodidacta ‒o “artista intrusionista”, como se llama a los que el régimen no considera autorizados a ejercer el arte‒ se desprende de esa condición social, y en su caso también de que es negro. Es parte de un estrato de la empobrecida sociedad cubana que no solo no tiene futuro en el país sino que no cuenta con recursos para emigrar como otros cubanos. Tampoco parece tener lugar en el presente de esa sociedad. Ni siquiera en su pasado, que es una historia de exclusión que la Revolución no logró superar del todo y se ha agudizado con su decadencia.
Creo que no es posible entender fuera de este contexto el arte que Otero Alcántara hace con su cuerpo como testimonio de la pobreza y la represión, pero también de la marginación y la resistencia históricas. Por esta misma razón es un arte espontáneo, intelectualmente frágil frente al elaborado pensamiento que sostiene las expresiones contemporáneas. Pero el gesto de darle un uso cotidiano a la bandera cubana, cubriéndose con ella, es una elocuente expresión de necesidad desesperada de un país distinto del que el artista pueda ser parte. También usar su cuerpo como soporte de mensajes escritos, como expresión de una sexualidad disidente y como arma política, con su choques con la policía, sus arengas en la calle, sus huelgas de hambre.
El contexto es importante, asimismo, para entender la importancia del artivismo como disidencia política en un sistema totalitario, de partido único. En esto hallamos también, sin embrago, la cruda evidencia de la debilidad de la lucha, su incapacidad de articular un movimiento que desafíe al poder. La reclusión de los integrantes del Movimiento San Isidro en su sede, como protesta por el arresto del rapero Denis Solís en noviembre de 2020, transmitiendo desde allí mensajes con sus celulares, no solo fue una medida que se debió a la pandemia del Covid sino una rebelión hacia adentro imposible hacia afuera.
La historia que relata Cuba y la noche comienza con la detención de Solís, y se desarrolla cronológicamente, con escasa intervención de la edición, más allá de la reunión y montaje de los videos. El documenta prescinde no solo de una voz narradora sino también de subtítulos que identifiquen a los personajes y contextualicen las situaciones, aparte del texto que lo hace al comienzo. Se presenta, así, como una película que requiere una intensa participación del espectador o espectadora, lo que conlleva una inmersión en la situación.
Solís fue detenido y condenado por desacato, por haber publicado en Facebook un video del hostigamiento al que fue sometido en su casa por un policía. Esto radicalizó la protesta hasta llevar a Otero Alcántara y otros artistas del Movimiento San Isidro a una huelga de hambre que fue sometida a asedio por la policía, la seguridad del Estado y grupos de choque, hasta el allanamiento y desalojo de la casa, argumentando medidas contra el Covid.
Pero la escalada no terminó allí, sino que se intensificó. Al día siguiente del allanamiento y desalojo, el 27 de noviembre de 2020, los integrantes del Movimiento San Isidro y un grupo de otros artistas autoconvocados, que llegaron a ser más de 200, se reunieron frente al Ministerio de Cultura de Cuba para exigir que fuera escuchada su protesta y que cesaran la censura, el hostigamiento y los arrestos. Lograron que los recibieran y escucharan sus demandas, un hecho que consideraron trascendental en la historia de las protestas cívicas en Cuba, pero que en la práctica no logró cambiar nada. Si bien esto hace manifiesta su inconsistencia política y su ingenuidad, por otra parte evidencia el espíritu progresista, democrático, socialmente inclusivo y antirracista de esta franja del amplio espectro opositor al régimen cubano.
El relato de Cuba y la noche termina con las manifestaciones espontáneas masivas que se produjeron en todo el país al año siguiente, el 11 de julio de 2021. Allí Fernández Borrás se zafa de la camisa de fuerza del discurso cívico para mostrar la violencia de la represión, pero también la respuesta del pueblo iracundo, pateado policías, volcando patrulleros o haciéndolos huir a pedrada limpia. El grito “el pueblo unido, jamás será vencido” evoca una tradición latinoamericana, como lo hace Otero Alcántara cuando pone como ejemplo la dictadura de Augusto Pinochet en Chile y el asesinato de Víctor Jara.
Cuba y la noche, cuyo título viene de un célebre verso de José Martí, constituye así un valioso aporte a la memoria de esta resistencia, y una respuesta también a la influencia que sigue teniendo la propaganda del régimen entre los círculos de izquierda y progresistas de América Latina. Llegó a Sheffield Docs, después de su estreno en el Festival de Miami, en el contexto de la profundización de la crisis cubana por la radicalización del embargo o bloqueo estadounidense. El gobierno de Donald Trump se propone forzar así la rendición del régimen a la voluntad colonial de la superpotencia.
En la recepción de Cuba y la noche va a influir la dificultad que estas medidas brutales del imperialismo introducen para desmentir la retórica que la dictadura ha construido en torno al embargo. Justifica así su incapacidad de construir una economía no dependiente de subsidios externos y las remesas de los emigrados. En estas nuevas viejas circunstancias, la agresión se presenta una vez más como el mal mayor que distrae de la represión que se profundiza con la crisis en Cuba. La forma como está narrada la película, que involucra profundamente a los espectadores o espectadoras, acarrea la responsabilidad de tomar posición frente a eso.



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