Utama y Vaychiletik

Por Eduardo Elechiguerra R. 

Quien solo escribe en español e ignora el quechua, náhuatl y tsotsil nada más puede resolver la paradoja de abordar un festival de cine en lenguas originarias aludiendo a la propuesta sonora. A fin de cuentas, en la base de todo lenguaje articulado está el sonido como forma de entendernos los seres humanos. 

En este ámbito, Utama (2022) y Vaychiletik (México, 2021) recurren a elementos primales desde sus comienzos. A partir de la respiración y la naturaleza, respectivamente, los realizadores reflexionan sobre la adaptabilidad y el aislamiento del ser humano en sus comunidades. 

En la coproducción ambientada en Bolivia, inferimos que esa respiración inicial es la de Virginio, hombre testarudo y enamorado de Sisa, su esposa. Él irá aceptando su propia fragilidad y ella, a seguir delimitando, entre mandatos y labores hogareñas, lo que cree mejor para su familia. 

En medio de sus rutinas como habitantes, la película rastrea dificultades de esta familia por conseguir agua potable. También asoma el deterioro del medio ambiente a través de resignación de parte de Virginio hacia la montaña 

Paradójicamente los diálogos que se sienten menos orgánicos son los hablados en español por José Calcina y Santos Choque, quien interpreta a Clever, el nieto. Él los visita y ayuda en sus rutinas. Su presencia representa, claro, lo citadino, el cambio, y la insistencia del padre (siempre aludido y ausente) en irse de sus tierras. 

Pero el guion de Alejandro Loayza Grisi se mantiene firme en el sentimiento de pertenencia ejemplificable con los elementos sonoros más recurrentes: el viento, los pasos sobre la tierra, el canto casi hostil de los pájaros, como indicando que ser de un sitio consiste en intuir hasta donde atenerse a sus carencias. 

Por su parte, la coproducción mexicana replantea límites entre ficción y documental con una propuesta sonora que registra incluso pisadas de pies bailando y el canto en tsotsil de sus personajes. ¿Se trata de la vida de José quien debe obedecer a los dioses mayas a través de sus sueños, o es una experimentación observacional sobre el presente de tierras donde hay menos dioses en los que creer? 

Responder ambas preguntas invita a la discreción. Con las rutinas de José, Juan Javier Pérez quiere poner los pies en la tierra de su personaje principal, intérprete de sueños. Es respetuoso con sus capacidades y hay pasajes en los que el cielo nocturno ambienta las reflexiones sobre lo que significa soñar, y el corto alcance monetario de esta labor. Pérez también retrata otros “dilemas pedestres” de José, como sus problemas de alcohol. 

Así ambas obras reflejan, cada una desde sus particulares extremos, personajes aislados dentro de sus propias comunidades. Los colores, texturas y los propios sonidos de ambas películas entraman un mundo al que solo se puede llegar a tientas, como ocurre finalmente con todo origen. 

Mientras que Utama explora el cuerpo a través de sus respiraciones y de las miradas de la pareja protagónica, Vaychiletik indaga en el ambiente sonoro de los alrededores. Por supuesto que ambas propuestas plantean matices, pero la primera se enfoca en la fisiología de sus personajes mientras que la segunda, en la fauna y flora. 

El diálogo entre ambas entonces solo se puede plantear desde los matices de la diferencia. En particular, la presencia del idioma español le sobra a la primera y solo puede sentirse como una distracción fuera del funcionamiento de la historia. Mientras que la segunda sabe asomarlo con el tsotsil.

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