Traer la voz y Cuentos para no dormir


Eduardo Elechiguerra R.

Para la segunda entrega de esta cobertura latinoamericana de Sheffield Doc, cuatro nociones o raíces relacionarán dos obras: “Feminidad” tendrá que ver aquí con las maneras de gestar la obra. Asomaremos cómo, en ambas, las realizadoras muestran la preparación del proceso creador además del resultado final. “Vínculo paterno” se basa en el papá como coprotagonista, y enfrentarlo con narrar y entrevistar. Por su parte, la “estructura” reorganiza tal retrato desde las simultaneidades y consecuciones en el plano y en lo contado. “Recuerdo” es la unidad técnica y pśiquica para volver asible el pasado. Estas cuatro bases son inseparables para funcionar y las realizadoras lo ejemplifican. Partamos a continuación de las diferencias para el abordaje de las semejanzas: 

Competencia Internacional: Traer la voz (Klaudia Kemper, Brasil-Chile, 2023)

El collage audiovisual es el medio más cercano para tratar un vínculo. Al menos esto nos hace sentir Kemper con su mirar. El papá, residente en Brasil, padece una afasia desde hace un tiempo. Veintiún años de misivas entre ambos son mechadas con animaciones de sus caminatas, fragmentos de estas al reencontrarse, un monólogo “con ella misma” y la cámara desenfocando las ramas de un árbol y un gato, material de archivo de viajes de décadas atrás, intercisos sugiriendo cine mudo... Lo enumerado en desorden busca sentidos a partir de un montaje asociativo donde la realizadora dialoga sosegada con la formación psicoanalítica del papá. 

En medio de esa pérdida del sentido paterno, Kemper, residente en Chile desde sus nueve años, subraya su inquietud –la de ambos– por el lenguaje como síntoma. Y ella, artista audiovisual, aprovecha silencios y performances para ensayar búsquedas sin necesidad de resolverlas. En varias tomas, ella camina sobre decenas de cartas de su viejo. ¿Qué tienen que ver caligrafía y pies, o cuerpo de la hija sobre páginas escritas a mano paterna? Las respuestas son múltiples y por esto, mejor el silencio del diseño sonoro en esas escenas. 

Tal radicalismo mueve la obra en distintas direcciones, incluidas el desconcierto, la tristeza, la depresión, la alegría y la expectativa revitalizadora. Ellas van generando una impresión irregular al trabajar, con paciencia, materiales que componen artesanalmente una memoria de sí como hija que ya se atisbaba en El presente (no existe) (Chile, 2016).

Competencia Internacional de Óperas Primas: Cuentos para no dormir (Lila Penagos, Ecuador, 2023)


La realizadora entrevista a Carlos, su papá, para volver a relatos infantiles que en realidad eran variaciones de su vida como guerrillero. Para llevar a cabo su obra, convoca a su familia como equipo técnico y, con algunos de estos integrantes, como “elenco”. 

Todos ellos hacen un viaje geográfico y narrativo para volver a la Bogotá de su juventud. Este regreso, como todos, dispara reflexiones sobre el lugar de la familia en tanto justificación de la carencia y, más importante, sobre la inutilidad de reprocharle en presente. 

La decisión de aprovechar la familia como equipo técnico se distrae por momentos con la emotividad en ciertas entonaciones y reflexiones nostálgicas de los personajes. A la vez permite que la hija, desde la confianza y el respeto, enfrente al papá sobre su manera de ver aquellas faltas filiales. Penagos aborda a su papá como si narrar también implicara afrontar las consecuencias de ser irresponsable con lo que se contó y lo que se dejó fuera. 

Uno hace su vida y uno hace su película (Carlos Penagos).

Así, las películas de Kemper y Penagos entraman el vínculo familiar de quienes miran y quienes enuncian/callan. Hijas y papás complementarán estos roles. Las dos plantean atajos y desvíos para entender la complejidad de sus decisiones paternas. Kemper hace esto reduciendo lo informativo al mínimo y experimentando con lo poético. Mientras, Penagos recrea teatros, títeres y mundos miniatura para dar cuenta de versiones infantiles que, ahora sí, muestran los hechos sin olvidar que se trata de reconstrucciones. 

También las dos contextualizan a sus personajes a partir de viajes y reencuentros, ocasiones oportunas en las que toda narración se revaloriza. La artista multiplica esas oportunidades con paseos por el bosque, grabaciones de viajes de décadas pasadas y recorridos cotidianos. Por su parte, Penagos en auto con su papá será clave porque él no siempre conduce, tampoco la cámara estará de copiloto en toda escena. Esta versatilidad del punto de vista en movimiento ejemplifica cómo ambos miran y están siendo vistos desde distintos lugares. 

Es tan necesario como redundante decirlo: en ambas creaciones tales hechos y protagonistas están sujetos a las ambigüedades del medio y la realidad efectiva/afectiva. En vez de amilanarse por esto, las realizadoras profundizan todo lo que implica eso que le pide Lila, con ternura, a su papá en un plano: “Cuéntame”. Cuando estos papás de relevancia histórica narran –así sea con la mirada–, contar funciona como lo hace el montaje: brindando un lugar también dentro y fuera de la intimidad a quienes son espectadores. Esto ocurre más con familiares que están directamente relacionadas con lo narrado. “Cuéntame” es, entonces, mandato, susurro y acuerdo de que la imagen audiovisual diga y desdiga aquello de lo que no se pudo hablar y ahora vale la pena para aclarar sentidos y, con suerte, sanar duelos.

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