Veritas

 

Por Mariana Martínez Bonilla

Veritas (2021), el documental dirigido por Eliecer Jiménez Almeida llega una vez más a las pantallas internacionales a través del IV Festival INSTAR, organizado por el Instituto de Artivismo Hannah Arendt, que se llevará a cabo del 4 al 10 de diciembre en diversas sedes, tanto presenciales como virtuales, en México, España, Brasil, Argentina, Estados Unidos, Cuba y Francia.

En su momento, el filme formó parte de la selección oficial de algunos festivales, entre los que destaca la feria de arte Documenta 15 (Alemania). En el marco del IV INSTAR, la película de 67 minutos de duración, responde a la propuesta del Instituto de Artivismo por la revisión del carácter transnacional del cine cubano en diálogo con otras cinematográficas que se enuncian desde una mirada crítica hacia los contexto de represión dictatorial y autoritaria.

En Veritas, se relata la historia de la invasión a Bahía de Cochinos durante la Guerra Fría a través de los testimonios de algunos de sus protagonistas del lado invasor. Así, sesenta años después, y desde el exilio, los hombres que sobrevivieron al intento de derrocamiento del muy temprano e incipiente estado de cosas instaurado con la revolución se enfrentan a una serie de preguntas sobre la soledad, las vejaciones y el abandono por parte de los Estados Unidos al que fueron sometidos tras quedar en el centro de la complejidad política de la también conocida como Batalla de Girón.

A través del uso de imágenes de archivo y entrevistas a los veteranos de la brigada de asalto 2506, quienes a pesar de haber sido entrenados y equipados por el gobierno estadounidense, fueron derrotados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), este documento audiovisual es un intento por contar la historia desde un lugar de enunciación que busca arrojar luz sobre los acontecimientos que fueron silenciados y/o tergiversados tanto por la propaganda oficialista cubana, como por el gobierno norteamericano, quien traicionó los ideales de los exiliados que se enlistaron para la batalla.


Ni mercenarios, ni traidores, como fueron etiquetados en su momento, los combatientes de la Batalla de Girón ocupan un lugar paradójico en la historia cubana. Y de ello dan cuenta los distintos testimonios reunidos por el director. Las narraciones de esos hombres, a pesar de estar atravesadas por las contradicciones propias de quien abandonó la tierra que le vio nacer para después luchar por ella y terminar nuevamente en el exilio, tras ser mal mirados y denigrados por sus propios compatriotas, no se caracterizan por la adjetivación lapidaria de las acciones de las potencias políticas detrás de la lucha.

Sin la mediación de un narrador que intente establecer conexiones lógicas entre un testimonio y el otro, que ofrezca datos duros sobre la invasión, o que tome posición frente a los hechos que se relatan en los testimonios, las diversas entrevistas se encadenan para narrar de manera panorámica la llegada de los grupos a la isla a través del agreste territorio de la playa de Girón.

Ninguna de esas voces se refiere a lo sucedido según categorías o conceptos acuñados por las retóricas hegemónicas. En ellas se procura una enunciación sincera y clara tanto de los lugares como de los sucesos: las distintas facetas del conflicto son narradas desde el singular punto de vista de cada uno de los sobrevivientes, cada uno de ellos describe puntual y claramente todas sus acciones y funciones en la batalla, desde su llegada a Guatemala hasta la traición por parte del entonces presidente John F. Kennedy.


A ellas se suman un gran número de secuencias de archivo que no proponen una relación que ponga en tensión a aquellos testimonios a través de alguna operación de distanciamiento crítico o que permita a las imágenes devolvernos la mirada al mostrar sus reversos o aquello que quedó fuera de foco, en segundo plano o en el abismo de sus márgenes. Al contrario, estas imágenes se establecen como forma de ilustración de aquello que las voces narran: desde el accidentado desembarco en la bahía hasta el sangriento enfrentamiento con las tropas cubanas.

En momentos pareciera que los hombres entrevistados describen aquello que las imágenes muestran. El sentido de esta relación se presenta, entonces, como unívoco y niega la posibilidad de una lectura capaz de problematizar el relato oral de los múltiples narradores que aparecen en la pantalla en un emplazamiento fijo de plano medio, mirando hacia quien se posiciona junto a la cámara y mostrándose en toda su vulnerabilidad. Sus emociones se hacen explícitas no sólo a través del tono de sus voces que se enfurecen o se quiebran, sino de sus expresiones faciales y sus ojos llenos de lágrimas.

Por otra parte, en Veritas también se montan algunas imágenes a color, tomas contemporáneas de la Habana, así como de la Bahía de Cochinos y otras regiones, las cuales parecen estar ahí sin otras pretensiones más que las de dar cuenta de las características territoriales en las que tuvo lugar el desembarco de los combatientes, o de mostrar las condiciones actuales de aquel país que el grupo de hombres recuerda con nostalgia.


En resumen, a nivel formal, Veritas no se presenta como una propuesta arriesgada y, tal vez, esto es su gran error. Parece ser que el director ha optado por ofrecer un documental que da primacía a la necesidad de mostrar al testigo emitiendo, de la manera más clara posible, el relato a través del cual se encarna y se pone en pantalla el fragmento de historia específico que atañe a su memoria personal y que, puesto en relación con los relatos de los demás individuos, termina por configurar una estructura memorial colectiva en torno a un suceso determinado.

Frente a ello, la exploración de las potencias del medio con el que trabaja queda relegada hacia el epílogo con el que cierra el documental. Anunciada a través de un montaje que pone en relación una toma aérea del espacio oceánico entre Cuba y los Estados Unidos con imágenes de archivo en las que se puede ver cómo fueron recibidos en EEUU los miembros de la brigada de asalto tras su liberación, esta parte final presenta a algunos ex combatientes realizando actividades cotidianas (nadando, jugando golf y dominó, etc.), mientras sus voces nos cuentan qué es aquello que extrañan más de su vida en la isla: los veranos, el olor de la tierra, sus familias. Después de ello, cada uno de esos hombres ofrece una reflexión final acerca de su participación en San Blas y las implicaciones de la búsqueda y la lucha por un país libre tanto a nivel personal como colectivo.

Quizá cabría hablar de este trabajo audiovisual como el comienzo de una cruzada por contar aquellos otros puntos de vista de las historias narradas (o silenciadas, según sea el caso) según las retóricas hegemónicas en la Cuba posrevolucionaria. Así pues, el valor de Veritas en tanto documento no se halla en su forma, sino en su contenido, pues el director y su equipo de producción, a través de la ardua tarea que implica la reunión y síntesis de los testimonios de los exiliados, sientan un importante precedente para la revisión de la historia cubana y sus contradicciones y, sobre todo, se ofrece como un agudo contracampo para pensar críticamente las operaciones de sentido movilizadas en obras como Muerte al invasor (1961) de Tomás Gutiérrez Alea y Santiago Álvarez, un cortometraje documental, parte del Noticiero ICAIC Latinoamericano, que narra desde el punto de vista cubano-revolucionario la invasión a la playa Girón, glorificando la actuación de las FAR frente a la invasión “yanqui probatistiana”.

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