El nido del Sol


Por Mariana Martínez Bonilla

Hasta el 28 de julio se presenta en la sala de exhibiciones virtuales del Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC-UNAM) de Ciudad de México El nido del Sol, una obra del Colectivo Los Ingrávidos. Este film de un poco más de cinco minutos de duración forma parte de la trilogía Tonalli, un collage donde convergen los ritmos y texturas del Sol, la Luna y el fuego, la cosmovisión mexica y la materialidad fílmica. En ella también se manifiestan las inquietudes del grupo que opera en el anonimato acerca de las potencias animistas y rituales del medio cinematográfico.

Resulta sumamente complicado describir El nido del Sol. En todo caso, valdría hablar de la producción de un estado casi hipnótico a través de los ritmos musicales de las percusiones (tambores que recuerdan a una sesión de jazz improvisado, pero también a danzas ancestrales) que los acompañan a las texturas y colores. Se trata de alcanzar un umbral de lo sensible que corrompe los procesos de reconocimiento y representación a los que se apega nuestro modo occidental de relacionarnos con el mundo.

Las imágenes que aparecen en pantalla fueron producidas a través del uso de 24 filtros, un lente de telefoto y diferentes velocidades de obturación. El montaje se realizó en cámara. El colectivo ha definido este tipo de trabajo (al que debemos sumar el material fílmico caduco, utilizado en otras obras del grupo) como materialismo chamánico. Es decir, una “dimensión empírica, contingente, circunstancial, sensorial y concreta de los objetos, los documentos, los archivos, los restos, los elementos”, como dicta la tesis número 22 de su manifiesto.


El punto focal de cada plano es el Sol, un círculo que se desplaza por toda la extensión del fotograma, a través de las veladuras producidas por la superposición (una vez más encontramos un ejemplo de materialidad epidérmica de las imágenes). Detrás se dejan ver algunas flores y plantas, cuyas texturas y colores se intensifican conforme avanza la reproducción de la pieza. Al espectador le corresponde el abandono del cuerpo en el trance para seguir los movimientos de ese Sol, dejándose seducir por la complicidad rítmica entre las imágenes y la banda sonora para entrar en un espacio sensorial que lo arranca del tiempo y el espacio occidentales.

Dicha estrategia antirrepresentacional es una marca o sello autoral de Los ingrávidos desde que hace ya más de una década iniciara su trabajo como una forma de corromper al sistema a través de la puesta en crisis de los valores de imagen asociados a la espectacularización mediática de la violencia. Contextualmente esto coincidió con la explosión del Movimiento #YoSoy132 y, dos años después, con la masacre de Ayotzinapa.

Las herramientas a través de las cuales opera dicha corrupción de las lógicas de la representación no son otras que aquellas que el cine heredara del arte moderno y de aquellas manifestaciones del cine experimental que siguen al modernismo en la genealogía: desfase, superposición, scratch, ruido, etc. Todos ellos, modos de explorar la materialidad física del medio con el que trabajan que, a su vez, permiten subvertir las formas hegemónicas de creación de sentido y, con ello, las formas lineales de la temporalidad que se les asocian.

El trance, por su puesto, se inscribe en esa larga genealogía al tiempo que se le retrae para inaugurar un modo otro de relacionarse con las imágenes, los tiempos y lo real. Para Los Ingrávidos, la vía para alcanzarlo ha sido siempre política o ¿acaso será que la vía para lo político haya sido siempre la alteración de los estados de conciencia?


Para el materialismo chamánico, concepto que Los Ingrávidos toman en préstamo de la propuesta por un cine chamánico del director chileno Raúl Ruiz, existen otras maneras de registrar las cosas. Escapa de la horizontalidad y linealidad para proceder “por fragmentos, rupturas, loops, clústeres, módulos, derivas, ascensos, descensos, series, espirales, vórtices, pulsos, ritmos, entropía, neguentropía, hipóstasis, colisiones, vinculaciones, aberraciones, pliegues, entierros, desentierros, todo lo cual trasluce constelaciones intermitentes de cuyo magma emergen figuras, agitaciones, formas, estructuras, procesos, relaciones, percepciones, especulaciones y sensaciones. El Materialismo Chamánico es un sortilegio mesoamericano desencadenado” (tesis 24).

El cine chamánico se opone a los modos tradicionales de la producción fílmica, cuestionando los procedimientos implicados en ella y proponiendo formas de organización cercanas al cine estructural descrito por P. Adams Sitney hacia finales de la década de 1960, que no responden a los principios básicos del cine narrativo. Así, privilegia las combinatorias de elementos desde sus estructuras formales y temporales, en lugar de aquellas fórmulas narrativas que el cine hegemónico utiliza como vehículo ideológico y comercial.

El cine chamánico, tal y como lo concibe el director de Tres tristes tigres (1968), produce otros estados de intercambio entre el espectador y el film que permiten pensar la experiencia estética en términos de ingreso a otros mundos, como el animal, el vegetal y el mineral, desde donde sería posible un reingreso al mundo de lo humano, alterando así nuestras maneras de aprehender lo real. En otras palabras, el cine chamánico es una mediación entre el mundo humano y aquello que está más allá del antropocentrismo que lo caracteriza. He ahí la cualidad chamánica de este cine que se aleja de lo industrial para obtener una fuerza que no viene de lo que le es propio, sino de aquellos estados alterados de conciencia, o trances, que sus articulaciones buscan producir.

En ese sentido, a través de sus coaliciones, sus ritmos, sus negaciones recíprocas por el esfumado de las formas y la indiferenciación de aquello que representan, las imágenes que dan forma a El nido del Sol buscan devenir autónomas, entendiendo dicha autonomía como la puesta en movimiento de “estructuras sensoriales, perceptivas, poéticas y especulativas”, con el objetivo de formar comunidad y convocar “al pueblo”, explica el texto de sala que acompaña la proyección.


Es imposible obviar aquí la estrecha relación (o, más bien, movimiento de apropiación) con las cosmovisiones ancestrales nahuas, para las cuales la relación entre los dioses y los hombres tiene la finalidad de hacer mejores a éstos últimos, ser conscientes de sí y mantener la existencia de los dioses para así mantener el equilibrio del mundo. En El nido del Sol, la energía solar pone al cuerpo en movimiento y agita la conciencia. Hay en sus ritmos una afectación primigenia a través de las evocaciones a la danza, los rituales y el chamanismo. “Xólotl, Huitzilin y Xóchitl se reúnen para recuperar la danza de la radiación, cuyo colorido calor atiza el nuevo fuego de su danza cósmica”, como afirma el texto de sala que acompaña la pieza, una danza cíclica de los principios vitales que, según la cosmovisión nahua, rige la existencia del universo. Ciclo de creación y destrucción, relación entre el dios del fuego, maestro de la transformación y los enamorados Xóchitl y Huitzilin, símbolo de la conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Al mismo tiempo, dicha agitación se convierte en un vehículo para la resistencia al capitalismo y el desarraigo de sus formas de ver y aprehender el mundo. Otras formas de experimentar y relacionarse con el cine son urgentes. Lejos estamos ya de una didáctica lúdica basada en la representación y la figuración, del emborronamiento de la experiencia por parte de los medios masivos de comunicación (entre ellos el cine), Los Ingrávidos oponen formas estético-experienciales no contempladas en los imaginarios colectivos para operar más allá de la racionalidad ilustrada, esa que arrastramos hasta la contemporaneidad.

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