Un poeta, Mambembe y Tres tiempos
Por Salvador Savarese
Como ya se ha comentado en otras notas, uno de los múltiples aspectos que se extrañaron en la nueva etapa del Festival de Mar del Plata fue una Competencia Latinoamericana verdaderamente representativa, que permitiera hacer, como aconteció en otras ediciones, una real evaluación del estado del cine de nuestra región. Aun así, tres películas mostradas en diferentes secciones, la colombiana Un poeta (Simón Mesa Soto, 1925), en Nuevas autoras / Nuevos autores; la brasileña Mambembe (Flavio Meira, 1924), en Autoras / Autores, y Tres tiempos (Marlene Grinberg, 1925), en la Competencia Argentina, permiten vislumbrar cómo el cine latinoamericano se acopla tanto a ciertas constantes estéticas internacionales como a las exigencias de las audiencias globales.
Un poeta es la más famosa de las tres: buen presupuesto; participación y Premio Especial del Jurado en Un Certain Regard, en Cannes: preseleccionada por su país, Colombia, a los premios Oscars. Este estatus está bastante bien ganado. El relato es simple pero sus implicancias son múltiples: un adorable perdedor de clase media acomodada, que se dice poeta para justificar su falla en todos los aspectos de su vida, tiene que aceptar de mala gana un puesto como docente secundario. Allí conoce a Yurlady, una alumna de clase baja que se revela con un don natural para las expresiones artísticas, especialmente la poesía. La película sigue los intentos de este real antihéroe por dar a conocer a esta poeta en contra de ella misma, que no quiere saber nada, de los acontecimientos que parecen confabularse para que todo salga mal y de él mismo, que es un ejemplo de autoboicot.
La película es impiadosa: las pequeñas miserias en los ambientes artísticos, las diferencias entre la percepción del arte en según las diferentes clases sociales, las diversas maneras en que un artista necesita negociar la espiritualidad de su disciplina con la terrenalidad de la vida cotidiana, la familia como fuente de conflicto y de perdón último, son vistas bajo una óptica profundamente misantrópica. Misantropía, maledicencia y odio a la humanidad: cosas que son absolutamente injustificables en la vida real, pero que en el cine y en esta película ha provocado momentos divertidísimos al mismo tiempo que incómodos, con algunos gags visuales inolvidables.
Lo que sí la película respeta es la construcción cinematográfica: el ritmo es frenético como corresponde a una comedida, pero no acelerado; las múltiples historias que se despliegan están bastante bien resueltas; la elección del protagonista ‒un no actor llamado Ubeimar Ríos que, con solo verlo, uno se imagina la historia previa presente y futura del personaje‒ es todo un hallazgo; y, fundamentalmente, durante las dos horas que dura la película el espectador se ríe permanentemente ‒aunque agradece al terminar poder salir de este universo en el fondo triste.
Esta película podría participar de esos tipos de filmes que suelen apuntar a una audiencia global, como Parasite (Bong Joon-ho, 2019), por poner un ejemplo. En general esos filmes suelen no ser tan incisivos en sus propuestas para ser digerible para la mayor cantidad de espectadores, pero lo que distingue a Un poeta es que casi no tiene concesiones y muchas veces el espectador se encuentra riendo con culpa burguesa. Quizás ese efecto fue buscado, aunque se puede sospechar que le costó no haber terminado en la shortlist de 15 películas seleccionadas para el Oscar a Película Internacional.
La palabra “mambembe”, en Brasil, se refiere a los artistas brasileros de circo que recorren el interior pobre del país. Resto de los artistas trashumantes que hicieron del vagar su medio de vida ‒tan bien retratado no solo en el clásico Bye Bye Brasil (Carlos Diegues, 1979) sino también en otros países, como Argentina, por La cabalgata del circo (Eduardo Boneo y Mario Soffici, 1945), o en Italia, por The Shine of Day (Tizza Covi y Rainer Frimmel, 2012 y Japón, por La hierba herrante (Yasuhiro Ozu, 1959)‒ la tradición de los circos pobres del Brasil es una realidad que aún perdura.
De esto da cuenta la película del mismo nombre dirigida por Fabio Meira. Mambembe participa de ese grupo de documentales donde la frontera con la ficción se difumina fuertemente. La tendencia a taxonomizar todo audiovisual les ha otorgado el terrible nombre de documental “híbrido” ‒como si fueran monstruos de matinée‒, pero algunas de ellas son las películas más estimulantes de los últimos años.
La estructura del film aprovecha muy hábilmente esa hibridez: comienza con una narración en primera persona sobre imágenes en baja calidad de diferentes parajes que comenta cómo, a partir de un trabajo por fuera del cine, el autor tomó conocimiento de los mambembes nordestinos; acto seguido, nos informa cómo fue armando un proyecto cinematográfico a través de sus notas y, al mismo tiempo, fue seleccionando a los actores y actrices entre los artistas de circo. Muy paulatinamente y, sin que el espectador se vaya dando cuenta, las historias que relatan las personas entrevistadas pasan a formar parte de las de los personajes, que son interpretados por ellos mismos como sucedes en largometrajes tan disímiles como Aquele querido mes de agosto (Miguel Gomes, 2008) o The Act of Killing (Joshua Oppenheimer, 2012). Es así como de un momento a otro estamos en el terreno de la ficción, en la que se narra la historia de un agrimensor que va de pueblo en pueblo y que se relaciona con tres mujeres muy diferentes ‒una chica joven, una ya mayor y una transexual‒ que participan en esa arena.
A partir de allí se van desplegando varios temas: la mirada sobre el circo como una comunidad acogedora por parte de los mayores o como un grupo asfixiante por parte de los más jóvenes; la ambigua sensación, entre rechazo y fascinación, de este ingeniero que participa de una realidad económica y social muy diferente a las mujeres con las que se relaciona, y ‒lo más conmovedor‒ el registro del cariño que le tienen los habitantes de los diversos pueblos por donde pasan. Al final hay un retorno al documental donde las mismas personas que hicieron de sí mismas, años después, recuerdan con nostalgia la experiencia no solo de su participación en la película sino del circo mismo ‒porque el tiempo va pasando, el dinero cada vez alcanza menos y los circos van cerrando.
Es muy posible que hayan pasado años entre que Mambembe se comenzó a realizar y tomó su forma definitiva. Hay varios editores acreditados, entre ellos Affonso Uchoa, el codirector de Arabia (2017) y figura del cine brasilero más reciente. Su mayor valor es asumirse como obra inconclusa e incorporar su propio armado en su narrativa. El resultado es una película muy meditada que rescata esas instituciones de antaño y las integra, aunque sea en el recuerdo, a los nuevos tiempos.
Tres tiempos es la ópera prima de Grinberg, de abundante experiencia como asistente de dirección y guionista, entre muchas otras. Una nieta y su abuela viven una existencia aislada en una muy bella casona llena de fantasmas, situada en una muy bella isla dentro de un muy bello lago del sur argentino. Su vida se ve interrumpida por la llegada de la madre, que arriba junto con su cuidador de la institución mental donde se encuentra internada.
El aislamiento físico de las dos mujeres también es emocional: las cosas no se dicen o se dicen a medias y la expresión reposa ante todo en las danzas que hacen ellas dos guiada por la primera. Pero lo que falta o que es reprimido siempre explota, y es la palabra, esa palabra que explica y libera la que se hace presente. Más allá de la figura disruptora de una madre cautiva de una psicosis paralizante, es ese cuidador hombre el que funciona como pivote entre las diferentes mujeres, liberando los deseos de la abuela, así como las fantasías de la nieta ya adolescente.
Todo este background sería terreno fértil para una película donde el psicologismo se apropiara de todos sus ámbitos, pero su precisa puesta en escena lo evita: son ejemplos de ella el mismo comienzo de la película, donde unas imágenes borrosas se nos revelan como reflejos en el agua del lago; una minuciosa coreografía seguida en un travelling suave entre la abuela y nieta es interrumpida sorpresivamente por esta última al revelar ‒como si expulsara las palabras‒ la llegada de la madre; la aparición tanto de ella como de su cuidador, mostrado en un plano largo, con los personajes apareciendo en profundidad en el cuadro generando la sorpresa de la llegada de ese hombre que tanto va a influir en sus vidas; los fantasmas que pueblan la mansión apareciendo en cuadro con total normalidad, sin ningún atributo visual que dé cuenta de su carácter sobrenatural.
También nos previene la elegancia del diseño de producción, con una admirable coherencia entre escenografía, vestuario y fotografía, en los que predominan los tonos azules y, muy especialmente, unos rojos ambarinos que recuerdan al technicolor de los años cuarenta y que precisan de una pantalla grande para ser bien apreciados ‒el director de fotografía es Mariano Suárez, el mismo de películas mucho más crudas como Cuando acecha la maldad (Demián Rugna, 2023) y Kryptonita (Nicanor Loreti, 2015), eso es versatilidad‒. También están las actuaciones, especialmente de Mara Bestelli ‒entre El Mensaje (Iván Fund, 2025) y esta película, el 2025 fue un gran año para ella‒ y de Violeta Postolski como esa nieta que no sabe cómo liberarse de esa abuela que la protege y la infantiliza al mismo tiempo. Se nota la pericia de la directora y todo el equipo: por los presupuestos que tiene que manejar el cine argentino actual esta película tuvo que ser filmada en veinte días y no lo parece en absoluto.
Pero más allá de todas estas virtudes, Tres tiempos pertenece al grupo de ciertas óperas primas del cine argentino, como Nunca fui a Disney (Matilde Tute Vissani, 2024) que son imperfectas por su mismo carácter de obras de formación pero en las que surge con mucha fuerza la personalidad de una mirada clara y segura que organiza los diferentes elementos de la película. Que esa mirada sea femenina es una muestra más de que el presente y el futuro del cine argentino es mujer.
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