Antônio odisseia y Por la noche, la mañana


Por Pablo Gamba 

Antônio odisseia (Brasil, 2025), primer largometraje de Thales Banzai, y el cortometraje Por la noche, la mañana (Argentina, 2025), de Federica Cafferata y Napo Martino, compiten en el Festival de Ann Arbor, uno de los más importantes de los Estados Unidos por lo que respecta al cine experimental. El primero se estrenó en Slamdance, evento especializado en películas innovadoras de bajo presupuesto; el segundo en el Festival de Girona, España. 

Thales Banzai ha sido realizador de varios cortos, como Gato preto (2019), y de comerciales, y está radicado en los Estados Unidos, en Los Ángeles. Antônio odisseia podría describirse como una película psicodélica, puesto que la mayor parte de la historia se desarrolla como un “viaje”, lo que refiere a la tradición de filmes como The Trip (1967), de Roger Corman, por ejemplo. Pero esta y otras diversas fuentes genéricas han sido aquí objeto de una apropiación que las “brasileñiza”, como el cine del mismo Corman en Bacurau (Brasil-Francia, 2019), de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles, la cual también es una referencia de Antônio odisseia en la primera parte y al final. 

La película de Thales Banzai se presenta, además, como una característica obra del cine contemporáneo brasileño ‒el que se ve en festivales como la Mostra de Tiradentes‒ por la influencia que se percibe del cinema marginal de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, de filmes como Meteorango Kid: herói intergalático (1969), de André Luiz Oliveira. Muestra de eso es la irreverencia, la puesta en tensión de los géneros y la dispersión narrativa, por ejemplo. El blanco y negro de la fotografía apunta en la misma dirección. Un vínculo más con la tradición brasileña es la participación especial del actor Antônio Pitanga, cuya carrera se remonta al cinema novo de los sesenta. 

Otra constante del cine contemporáneo brasileño aquí es la intersección con el teatro y la plástica. Lo evidencian la participación del dramaturgo, director, actor y performer Kelson Succi como guionista y en el papel principal, y una secuencia que es una performance de Dani Cámara, por ejemplo. También que es, además, un musical con banda sonora y canciones de Kiko Dinuci, las cuales con el jazz les da un aire de improvisación a las mutaciones del film. El protagonismo de los intérpretes negros y los cuerpos que desafían los estereotipos de belleza, como el de Iraci Estrela, que interpreta a Ivy, la coprotagonista, ubica también esta película en la contemporaneidad brasileña. 

Sin embargo, hay algo que distancia significativamente a Antônio odisseia de la tradición nacional en la que parece inscribirse y las películas que la rodean hoy en el contexto brasileño. Es la marcada despolitización, que se hace explícita en comentarios irónicos y hasta despectivos sobre el sentido crítico. También en el retorno de tópicos de la posmodernidad, como la disolución de lo real y el simulacro. En lo único que se percibe el espíritu cuestionador de ese otro cine del pasado y el presente es en el lugar común de la sátira de la religión, aunque con un giro textual posmoderno, hacia Dios como guionista. 

Pero, a pesar de los lugares comunes y de la superficialidad con la que roza los temas serios que trata ‒lo que la llevan rápidamente al agotamiento en las partes en las que el ritmo se relaja‒, Antônio Odisseia es capaz de crear una atmósfera en la que cualquier cosa parece posible. El relato puede cambiar instantáneamente de las maneras más sorprendentes, con las correspondientes transformaciones de la puesta en escena, que ocurren incluso como rupturas inesperadas que tensan la continuidad del espacio y el tiempo en otras partes. 

Esta impresión de posibilidad de cambio es lo que para mí le da su valor a esta película. Aunque su motivación en el argumento es el trip y los parlamentos la contextualizan en la disolución lingüística de lo real, no dejo de encontrar en ella cierto esbozo de alternativa carnavalesca a la lóbrega espectralidad con la que el cine contemporáneo cuestiona la impresión de realidad del capitalismo.


El corto de Caferatta y Martino parece abrirnos a una experiencia parecida. Recurriendo al tópico de las antípodas, Por la noche, la mañana trata el tema de la posibilidad de las vidas paralelas en lugares distantes, en extremos opuestos del mundo: Argentina y China. Es algo que se hace misteriosamente extensivo a la relación de la vigilia con esa otra vida que es la de los sueños. 

Hay una anécdota de producción que vale la pena traer a colación como referencia. Por la noche, la mañana es el resultado de la unión de una película que Caferatta filmó en Super 8 en China, mientras que la música fue compuesta por Martino en Argentina, en un período en que estuvieron lejos uno del otro. En la bella conjunción que se da entre ambas cosas en el film hay un hallazgo de misteriosas conexiones en sentimientos que vencen la separación y la desincronización. 

Los diálogos de texto sobre limbo negro, al final, son reveladores de los personajes de los directores y la situación de un modo que me hace pensar en un cuento de Julio Cortázar. Pero más significativa es la exploración de la capacidad que tiene el Super 8 de crear una imagen inestable de lo real. Lo borroso que puede resultar este formato, la cámara lenta, las repeticiones y, sobre todo, el personaje de un niño, trascienden el registro propio de un diario de viajes para instaurar una temporalidad de no estar en China como en otra realidad sino en un sueño. Lo remarcan las partes filmadas en un lugar que un letrero identifica en inglés como “sueño chino”, y fragmentos de frases vistas en otros letreros, de las que se destacan palabras como “distancia” y “poesía”. 

Poéticamente, entonces, Por la noche, la mañana es una película sobre cómo todos los amantes tienen algo de Romeo y Julieta, porque siempre hay circunstancias que los rebasan y los separan, y un amor que las trasciende y las vence. Pero, además, es un film sobre cómo en eso hay relámpagos de otra realidad posible en la que el mundo les pertenece, que ya no es un conflicto de distancias y tiempos. El problema son las imágenes de ese lugar de aspecto onírico en China, que evidentemente fue diseñado como propaganda, los mensajes de felicidad que refieren a la distopía totalitaria de George Orwell. La despolitización hace borrosa aquí la guerra real o latente que también es el mundo, que sí es de Romeo y Julieta.

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