Los caminantes de la calle
Por Pablo Gamba
En la sección Noches Especiales del BAFICI está Los caminantes de la noche (Argentina-Perú, 2025). Es el segundo largometraje de ficción de Juan Martín Hsu y se estrenó en la competencia Critics’ Picks, en Black Nights, en Tallinn.
El chantaje y asesinato del dueño de un restaurante chino en Mendoza, Argentina, conecta esta película con el largometraje anterior de Hsu, el documental La luna representa mi corazón (Argentina-Taiwán, 2021). El padre del cineasta, un inmigrante chino taiwanés al que mataron en Argentina, es un personaje ausente en ese film autobiográfico, que relata dos viajes a Taiwán para reencontrarse con su madre y averiguar acerca del crimen.
La inmigración china es una transversalidad en la obra de Hsu desde La Salada (Argentina, 2014), que se estrenó en la competencia internacional del BAFICI. Junto con Cecilia Kang, de ascendencia coreana, es uno de los realizadores que ha venido trabajando más significativamente la experiencia de los migrantes del Lejano Oriente, una parte de Argentina que se ha ido haciendo cada vez más significativa a pesar de que no tiene el mismo reconocimiento oficial que los aportes de los italianos y españoles a lo que es hoy el país.
Una referencia importante en el cine latinoamericano es la brasileña descendiente de japoneses Tizuka Yamazaki, realizadora de Gaijin: os caminos da liberdade (Brasil, 1980), y su secuela, Gaijin 2: ama-me como seu (Brasil, 2005), entre otras películas. Agregaría a la venezolana Kaori Flores Yonekura, por los largometrajes documentales autobiográficos Nikkei (Venezuela, 2011) y El extraordinario viaje del dragón (Venezuela, 2025).
Los caminantes de la calle se presenta como un thriller policial sobre la investigación de varios crímenes y la guerra territorial de mafias de inmigrantes chinos de los que son parte. Un vínculo con Hijo mayor (Argentina-Francia, 2025), de Kang, es la referencia a las películas de acción asiáticas, principalmente de la tradición hongkonesa del cine de gangsters, pero también al wuxia, el género de fantasía del kung fu. Lo que le da su valor a Los caminantes de la calle es su apropiación crítica de ese cine. Se presenta como una respuesta frente a los lugares comunes de glamorización de la violencia y el delito en esos filmes.
La crítica se desarrolla como un progresivo distanciamiento, finamente ejecutado. Comienza en la primera escena, una comida del dueño de un restaurante y su familia que interrumpe una llamada para amenazarlo. Allí se establece un paralelismo con la película de wuxia que ven en televisión. El punto culminante es el relato de una masacre donde del paralelismo se pasa al contrapunto. La iluminación y la fotografía, que construyen una glamorizada atmósfera de neón de policial contemporáneo, contrastan con la manera mecánica como se desarrolla la acción violenta. No solo se omite así la espectacularidad característica de los tiroteos ‒aunque no la música‒ sino que creo que incluso hace ironía de ella en la manera como cae la última víctima.
Lo más importante es que no hay héroes en esta película. La trama genérica deriva hacia una tragedia en la que el destino es matar o morir como consecuencia de la operación de un mecanismo. Destacaría con relación a esto la representación de los “soldados” de la mafia. En las escenas de violencia se desenvuelven como si fueran robots o figuras de videojuegos, lo que es congruente con los cascos que les ocultan el rostro y sus ropas negras.
La tragedia comprende la humanización de los demás personajes, como Xu y la chica de la que se enamora y rescata del negocio de la trata de personas, o el jefe de la banda, por referencia al engranaje del que todos ellos son solamente piezas, que es el del crimen organizado. Los policías están humanizados por la manera como parecen envueltos en tramas que no se revelan. Nunca queda claro cómo aprendió a hablar mandarín la fiscal que lleva el caso. El oficial Li, al que la embajada de la República Popular China envía como perito traductor cuando una funcionaria local se niega a hacer el trabajo por miedo a venganza contra su familia, tiene también un pasado oculto de lucha contra las mafias.
Políticamente, la película no solo se desmarca así de los melodramas de lucha del bien contra el mal, y de las lealtades y traiciones como lógicas del relato y la construcción del mundo en que se desarrolla. Inscribe la trama en un contexto de poderes que trascienden la dimensión local aparente del conflicto. Hay una escena en la que descubrimos el verdadero lugar del líder de la banda en la estructura de la mafia. Las conexiones decisivas de la impunidad van más allá de la comunidad china en Argentina, hacia las autoridades de migración y la Gendarmería, hasta la República Popular China, inclusive.
El problema es que el cuidadoso desmantelamiento de una narrativa genérica lleva así hacia otro modo de entender el mundo contemporáneo por medio de la ficción que es muy atractivo hoy. Me refiero a la imaginación de capas ocultas de espectáculo detrás de las visibles, de tramas que podrían extenderse entre borrosos círculos de poder y que serían la “verdadera” causa del problema, no la migración. Es el punto en que la cuestión de las mafias deviene aquí en otros peligros del cine, pese a la habilidad con que Hsu logra conjugar la glamorización de la violencia.


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