Para no olvidar, Rodaje, La prisión de mi padre y otras películas de Visions du Réel

Por Begoña Martínez Rosado

Quedan pocos días para que termine el Visions du Réel, uno de los festivales de cine documental más importantes de Europa en el que la presencia del cine latinoamericano no está dejando en absoluto al público impasible. Nacido en 1969 en la ciudad de Nyon (Suiza), el espíritu de crítica y renovación que hizo cobrar vida al evento sigue latente: en una época de profundos cambios históricos (luchas por las independencias de las colonias europeas remanentes, lucha por la liberación de la mujer), el festival apostó desde sus inicios por filmes que dieran testimonio de lo real.


Pero ¿qué es acaso lo real y de qué forma puede ser representado? Esta es una de las preguntas que aborda Samuel Moreno Álvarez en Rodaje (Colombia, 2023), un videoensayo que parte de las Notas sobre el cinematógrafo de Robert Bresson (1975), de las cuales superpone algunos fragmentos sobre tomas del rodaje de La Roya (2021), de Juan Sebastián Mesa.



Rodaje
 (Samuel Moreno Álvarez, 2023)

El estilo metacinematográfico de Moreno Álvarez podría llamarse de constatación, pues parte de lo fortuito, de lo trivial y lo anecdótico de un rodaje particular para apoyar las tesis teóricas que hienden el filme. Las enseñanzas aforísticas de Bresson convergen con la ritualidad del rodaje. El discurso se balancea entre lo efímero (la construcción de la película) y lo que permanece (la película construida). El tono religioso, mosaico, mandatario de esos fragmentos, proyecta un halo de demiurgo sobre la figura del director: esculpe la realidad para crear nuevas realidades.


Este mismo carácter reflexivo puede distinguirse en el resto de películas latinoamericanas participantes. De hecho podíamos hacernos una idea de por dónde irían los tiros de esta edición con la recuperación de O Som Ao Redor de Kebler Mendonça Filho (Brasil, 2012) y el homenaje a la maestra argentina Lucrecia Martel.



O Som Ao Redor
 (Kebler Mendonça Filho, 2012)


En la película rescatada del brasileño, miembro del jurado en la presente edición, la inmediatez contemporánea de una variada comunidad de vecinos es atravesada por la herida colonial. Las referencias a la caña de azúcar (el pasado) sugieren de qué forma se generó el capital inicial que condujo a la construcción y apropiación de barrios enteros (el presente y aparentemente el futuro), una fortuna amasada por un único hombre: un señor Francisco al que persiguen el recuerdo de las sombras.


Otras dos películas apuestan también por el recuerdo como hilo conductor. Para no olvidar de Laura Gabay (Uruguay, 2023) y La prisión de mi padre de Iván Andrés Simonovis Pertíñez (Venezuela, 2023) exploran sus respectivos pasados familiares a través de imágenes de archivo domésticas. Los protagonistas, los padres de ambos.


A través de la escritura de un hermoso monólogo interior, Laura Gabay se resiste a la pérdida y mantiene vivo el vínculo con su padre, recientemente fallecido, a través de la exploración de los archivos cinematográficos y fonográficos que comunicaron a los miembros de su familia durante el exilio. Unos en Europa, otros en Brasil, construyeron en la distancia nuevas formas de compartir sus espacios y tiempos. Para no olvidar es la hilvanación de la historia familiar, una tela que a su vez se va impregnando de la historia de América Latina. 



Para no olvidar
(Laura Gabay, 2023)


Tomando la diáspora como punto de partida, una posición que le ofrece distancia para contemplar lo que se sucede en el Cono Sur a contraposición del Norte Global, y a través de las palabras de su padre, Gabay ejerce una crítica contra los episodios dictatoriales, los extractivismos de los que se va siendo testigo y el avance de un capitalismo que va llenando las estancias de inutilidades. Una crítica hecha desde la percepción directa de la realidad inmediata, una crítica desde lo afectivo, desde lo que llega al hogar y lo que marcha de él.


La dedicatoria final de la película confirma el compromiso de Gabay con un cine hecho a la medida de las mujeres (en esta ocasión, como regalo particular a su madre). Hija de un artista uruguayo exiliado, esta se sirve de un género asociado históricamente a lo femenino: nos referimos al epistolar, un formato que se ha desvelado como inagotable tras la irrupción de la española Carla Simón en la escena internacional. Decimos femenino pues a lo largo de los siglos la falta de oportunidad de las mujeres de expresarse públicamente a través de otros canales escritos hizo que se viera en la intimidad de la carta un refugio en el que abocar opiniones y sentimientos. La carta como espacio de resistencia.


También el debutante Iván Andrés Simonovis Pertíñez parte del archivo familiar en la reconstrucción de la historia de su padre. La prisión de mi padre (2023), si bien no se trata de una historia rescatada (pues hablamos de una verdadera leyenda política) sí pretende ser reparadora, pues apela a su inocencia. A través de recortes de filmaciones caseras que saltan de la vida familiar a la vida policial, Simonovis Hijo revive (desde su recuerdo infantil y adolescente) el proceso judicial que arrastró a la cárcel a Simonovis Padre (un alto mando de la policía venezolana), al que se responsabilizó junto a otros compañeros por la masacre producida en las del 11 de abril de 2002, que dejó un total de 19 muertos y 127 heridos. Fue sentenciado a 30 años de prisión.



La prisión de mi padre (Iván Andrés Simonovis Pertíñez, 2023)


A través del montaje del hijo, podemos comprobar que el uso de la cámara por Simonovis (antes, durante y después de su enrejamiento) es estratégico. Si usaba ya la cámara para estudiar y analizar los aprendizajes policiales, si la usaba también para que los recuerdos familiares pervivieran en el tiempo, una vez que vuelve a tomar la cámara al pasar a prisión domiciliaria, la usa con un sentido ulterior: historiar las condiciones que se le iban imponiendo y que se harían extensivas. Gracias a ellas, de hecho, consigue una hazaña inaudita: una huida exitosa.


Así, la aparición de nuevos mártires y nuevos héroes hace cuestionar la vigencia de los antiguos y el lugar que ocupan en la sociedad. Natalia García Clark reflexiona en Las estatuas (México, 2023) sobre el lugar de glorias pasadas que vienen a representar a unos pocos y el papel y legitimidad de quienes reaccionan a esa minoría. La directora mexicana vierte en la pantalla comentarios realizados en redes por hombres acerca de la legitimidad de los símbolos coloniales expuestos en el espacio urbano, así como sobre la lucha e intervenciones de los colectivos feministas. A modo de palimpsesto, García Clark realiza un trabajo arqueológico en el que evidencia la violencia machista en la Ciudad de México trazando una línea contínua entre el pasado que muchos quieren mantener intacto y un presente amenazador.



Las estatuas (Natalia García Clark, 2023)


La reflexión sobre los usos del documental se evidencia también en Taxibol (Italia, Tommaso Santambrogio, 2023), tal vez uno de los filmes que más agua nos ha hecho en la boca por la aparición del coloso de Lav Díaz en el papel de él mismo. Arrancado el filme, en una conversación casual con Gustavo Flecha –taxista de confianza de Santambrogio–, Díaz sentencia que el cine debe servir de herramienta humanitaria, y tras confesarle a Flecha las intenciones que lo han llevado hasta La Habana (perseguir a un criminal indemne para asesinarlo), le propone ser su escudero.


La elección por parte del director de estos dos personajes reales no responde a una elección arbitraria. La historia de Cuba y Filipinas (con la de Puerto Rico) están íntimamente ligadas por dos motivos esenciales: el primero, haber sido colonias españolas; el segundo, la fecha en la que dejaron de serlo. Más allá de eso, comparten ambas (como con otras muchas) el peso de yugos dictatoriales y el arrastre de su impunidad. 



Taxibol (Tommaso Santambrogio, 2023)

Santambrogio se sirve de la figura de un tal Juan Mijares Cruz (de quien se dice fue general del dictador filipino Ferdinand Marcos) para construir una analogía de las derivas políticas de los dos países representados en pantalla. Se teje un paralelismo entre la vida apacible y cómoda del que parece ser el general exiliado en La Habana, un anciano achacoso que aún capaz de ser tumbado de un soplo ejerce un férreo control sobre su servicio, del que depende para sobrevivir. En particular, de su sirvienta, sobre la que se posa la cámara en primera persona, individualizada, de la misma manera que lo hace sobre el viejo: la mujer vive acorde a los ritmos vitales (comidas y sueños) y responde a sus necesidades inmediatas, no puede entenderse la vida de uno sin el otro.


Taxibol es una metáfora histórica tan preciosa por su pulcritud como dolorosa por su concreción; un ensayo sobre la impunidad reducido a los mínimos elementos que consigue comprimir en una figura decrépita las tragedias paralelas de dos naciones oprimidas. Santambrogio consigue elegantemente hacer tangible el devenir de la historia y hacerla tangible, colmando de silencio el episodio alegórico en el que las reproducciones propagandísticas resuenan como una sirena, disrumpiendo con la plática inicial entre el cineasta y el taxista. Casi parece querernos pedir: debe permanecer el recuerdo y el habla cuando no se hace justicia.

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